El rugido que brotó de mi pecho no fue humano.
Ni siquiera fue de lobo… fue algo más primitivo. Un eco ancestral que hizo que todos en la sala se quedaran en silencio.
El mensajero temblaba, aún jadeando, y las palabras se repetían como un tambor en mi cabeza:
**“Rowan ha movido sus tropas y se prepara para atacar.”**
Me giré hacia el consejo, y no necesité hablar para que entendieran.
Mis ojos ardían. Mi lobo estaba en la superficie, a punto de destrozar todo.
—Desde este momento —gruñí—, yo