—¿Qué buscas aquí? —logré preguntar, con la voz áspera por la emoción.
Él arqueó una ceja.
—Es simple. Respuestas.
Eso fue suficiente para que todos mis pecados regresaran de golpe:
La imagen de Lyra huyendo. Su llanto. Mi cobardía. El miedo disfrazado de decisión.
—No tengo nada que ofrecerte —dije—. Solo errores y mucho arrepentimiento.
Aiden no apartó la mirada.
—No vine a pedir perdón ni a concederlo —respondió con tono filoso—. Vine a mirar al hombre que me dio la vida… y quizás entender por qué eligió abandonarnos.
Mi madre sollozó más fuerte. Yo apreté los puños hasta que dolieron y las manos se me entumecieron.
—No hay excusa válida —admití con un suspiro—. Fui débil. Y pagué por ello. Seguramente por el resto de mis días.
Lo miré con detenimiento. Era poderoso. Se notaba en su postura, en la energía contenida bajo su piel.
Pensé en Lyra. En cómo habría crecido. En cómo pudo permitir que viniera. No tenía derecho a cuestionarlo… y aun así, al verlo, algo primitivo gritaba que