**Lyra**
La felicidad tiene un peso propio. No es liviana ni ingenua.
Es una paz profunda, ganada a pulso, como la que siento cada mañana al despertar junto a Tharion, el rey Alfa que no solo me eligió como reina, sino como su vida entera.
Ser amada por él, de esa forma devota y feroz, me dio algo que nunca creí posible: descanso. Wolvencrest dejó de ser refugio para convertirse en hogar.
Tharion nos amaba con una entrega absoluta. A mí. A Aiden. A cada uno de nuestros hijos, sin distinción, sin jerarquías.
Nos miraba como si fuéramos lo más preciado del mundo, y yo le devolvía ese amor con la misma intensidad.
Nuestro legado no era solo poder o territorio, sino una familia unida. Pero incluso en la dicha más sólida, el pasado sabe cómo reclamar su lugar.
Aiden tenía dieciséis años cuando la verdad lo alcanzó.
Fue una tarde silenciosa. Demasiado.
Entró a la sala con los hombros tensos, la mandíbula apretada, los ojos encendidos de una determinación que no reconocí de inmediato.
—M