El anuncio de la recaída fue devastador, pero, en el fondo, no tan sorprendente como la mayorá hubiera pensado.
La guerra no se había acabado; solo habíamos ganado una escaramuza temporal. Ahora, la única esperanza de una victoria definitiva era un trasplante de médula ósea. La quimioterapia de choque que habían iniciado, mientras me preparaban para la preservación de óvulos, se sentía como un veneno caliente y espeso en mis venas; un calor que prometía destrucción total.
Toda la familia Savage