Me desperté con la cama revuelta y el cuerpo ardiendo.
La seda del edredón se sentía áspera contra mi piel febril.
Mi cabeza dolía con el mismo dolor pulsante, sordo y profundo que había sentido hacía cuatro meses. Me levanté en la oscuridad, con una náusea helada en el estómago, y me arrastré hasta el espejo del baño para ver el grado que tenía. El suelo estaba frío bajo mis pies. Mi reflejo era un espectro bajo la luz fría del espejo; mi piel pálida, casi gris, y mis ojos rodeados de un cansa