Las primeras semanas con Mirakel en casa fueron la definición de la felicidad. Era una paz física y una calma que impregnaba cada rincón de la mansión, como un incienso curativo. Me movía por la casa con esa torpeza bendita de la nueva maternidad, vestida con pijamas suaves y con gorritos improvisado.
Recibí mucha ayuda de todos en la casa, comenzando con Avery, quien me contó lo que era ser madre primeriza. Hubo partes que le pregunté y no me respondió, sobre todo de la niñez de Dalton. Suponí