Aterrizamos en Milán al amanecer. El jet privado nos depositó cerca del bullicio de la ciudad, pero mi mente estaba lejos, anclada a la cuna de Mirakel y al rostro de Daisy. Daisy me dejó ir, pero con una condición: que fuera con mi padre. Tenía confianza en que Darak me protegería con su cuerpo si era necesario, y que de todas las personas que pudiera conocer, él era el más confiable.
Darak y yo, juntos.
Esa vez, la ecuación no era de protección, sino de supervivencia familiar. Habíamos volado