El aire de la suite en el hotel de lujo de Massimo era pesado y perfumado con un ambientador de sándalo; un aroma que me resultaba ajeno y sofocante. Había aceptado alojarme allí temporalmente, una decisión que, bajo la mirada penetrante de Massimo, se sentía más a una prisión dorada que a un refugio.
Massimo estaba en la sala, revisando documentos legales relacionados con la defensa de mi padre, pero yo sentía que mi propia vida era el expediente que estaba examinando. Cada movimiento que hací