Las motas de polvo dorado brillaban sobre el impecable jardín de la mansión Lombardi. Era el décimo cumpleaños de Daisy, su única hija. Era un evento pomposo, lleno de globos gigantes, castillos inflables y la algarabía insoportable que solo la descendencia de la élite puede generar. Fuimos invitados porque su padre era uno de los socios de una de mis empresas y no quise despreciarlo. Antes estuvimos juntos en reuniones, fiestas de año nuevo y otros cumpleaños, y aunque ese día no me sentía bie