La cerré.
Cerré la puerta con ese golpe sordo y final, separándonos ineludiblemente. Un muro de caoba y traición se posicionó entre ambos, alejándonos para siempre. La sensación del frío pomo de bronce en mi mano era la única ancla que me impedía colapsar mientras escuchaba a Daisy al otro lado de la puerta gritar y golpear la madera, y el sonido hueco de su muleta. Cada sonido era un látigo contra mi espalda y nunca antes me sentí más miserable en la vida.
—¡Sal! ¡Esto no ha terminado! ¡Dame l