La luz grisácea se filtraba por las persianas electrónicas, iluminando el caos interno de mi mente.
No había dormido.
No había podido dormir. El reloj de la pared, generalmente mi aliado en la gestión del tiempo, ahora me torturaba con cada tic-tac, marcando las horas perdidas desde que el imbécil de Lombardi irrumpió en mi casa, gritando como un mendigo en mi vestíbulo. Y lo peor, no había dormido porque la última imagen que mis hombres me confirmaron fue la de mi hijo y la niña, escapando po