El sol de la tarde se filtraba entre las hojas de los robles centenarios de nuestro jardín, dibujando círculos de luz sobre la manta de patchwork. El aire olía a hierba recién cortada y a la dulzura de la primavera. Me recosté en la silla de jardín, observando la escena. La escena que, contra todo pronóstico, se había convertido en mi vida.
La vida es extraña. Es una sucesión de infiernos y breves paraísos, y el mío había sido un viaje turbulento, de un polo al otro.
Recuerdo la primera vez que