La sangre en la boca de Avery me quemaba más que el alcohol en la mía. No era una simple herida, era la prueba de mi ira. La vi limpiarse el hilo de carmesí con el dorso de la mano y me miró con una calma que no le correspondía. Esperaba una súplica, una lágrima, una mentira, pero en sus ojos solo había un eco de los míos. El reflejo de la bestia que yo mismo me había convertido.
La golpeé para que reaccionara, para que sintiera algo, para que me gritara al menos. Esa calma me quebraba los hues