Matrimonio.
La palabra me sabía a mierda.
No era un hombre de familia. Mi vida no consistía en finales felices, sino en venganzas brutales y en cobrar deudas. Estaba acostumbrado a ver a la gente temblar en mi presencia, a la sumisión de mis enemigos, pero esa noche, esa mujer, mi nueva esposa, me miró con una calma que me irritó hasta la médula.
Quería sumisión absoluta. Quería que ella me detestara, que sintiera dentro de las venas y la carne mi odio. Quería que gritara y pataleara, porque es