La iglesia, con sus arcos góticos y el aire pesado por el incienso, se sentía como una celda de piedra. Mi vestido de novia, blanco y de encaje, no era un símbolo de pureza, sino un sudario. Había aceptado el matrimonio, un pacto de sangre y odio. Mi padre, un hombre que amaba la vida, había preferido la muerte a la tortura de su conciencia, pero yo me había negado a seguir su ejemplo. Preferí vivir para cobrar la deuda. Me casaría con el hombre que lo había asesinado, y desde dentro de su prop