El mundo se detuvo. El viento dejó de azotar, las olas dejaron de romper. Solo existía la figura de Viktor, su rostro torcido en una máscara de pura locura. Acababa de golpear a Marcus, que gimió y se dobló sobre sí mismo en el asfalto. Los hombres de Viktor nos rodearon, un muro de trajes oscuros y amenaza que auguraban que algo malo sucedería en cuanto sacara el arma.
El terror se apoderó de mí. No por mí, sino por Dalton. Miré a mi hijo, cuyo pequeño cuerpo se encogía detrás de las piernas d