La seda del vestido me escocía la piel. Darak había insistido en que mi ropa fuese un reflejo de su poder: impecable, costosa y completamente controlada. Me había presentado a sus socios no como su esposa, sino como su "protegida"; una flor exótica que había encontrado en el fango y que ahora, con su guía, florecería bajo el sol de su imperio. Una flor con las raíces podridas.
Sonreía, una sonrisa tan falsa que sentía los músculos de mi rostro doler. Saludaba a hombres que mi padre había jurado