El edredón era suave y cálido. Por primera vez en días, mi cuerpo magullado no sentía el frío ni la humedad. La cama era un lujo que no merecía, pero me obligué a aceptarlo. Mis ojos se abrieron, y la luz de la mañana se filtró por las persianas. Por un momento, olvidé quién era, olvidé mi misión, olvidé la sangre en mis manos, pero luego, mi mente me trajo de vuelta a la realidad. Las heridas en mis muñecas dolían, un recordatorio constante de mi promesa.
Ni siquiera me atrevía a mirarme en el