Iris no supo por qué la siguió. Ni por qué no dijo nada.
Pero lo hizo.
Se subió al coche con Corinne, casi como si estuviera en piloto automático. Esa mujer que apenas conocía se había ofrecido a ayudarla, y ella simplemente aceptó. Tal vez porque no quería volver sola a su apartamento con las manos vacías y el corazón tan lleno de preguntas.
Corinne conducía con esa despreocupación meticulosa, una mano en el volante y la otra jugueteando con sus uñas largas, pintadas de rojo intenso, haciendo