La habitación olía a piel y calor, un aroma dulce y denso que normalmente bastaría para excitarlo. Pero esta vez, esa densidad parecía casi asfixiante, como si les roba aire a sus pulmones.
Los labios de la chica sabían a cigarrillo, un sabor áspero que en esos momentos ansiaba con una urgencia que rozaba lo enfermizo, como si fuera veneno y cura al mismo tiempo. La besaba con fuerza y sus dedos se hundían en su cadera, buscando en su contacto una distracción que acallara todas las voces en su