Una hora después de que los gemelos se habían marcharon, Serethia seguía sin poder dormir debido a que sus pensamientos giraban como un torbellino. Siempre girando en el mismo eje. Sintiéndose desgastada, finalmente, se levantó del sofá y, siguiendo el impulso de sus dudas, caminó hasta la habitación de Alec.
La puerta estaba entreabierta. Desde allí, lo vio en el balcón, apoyado en la baranda con los hombros levemente encorvados, exhalando humo en una lenta espiral que se perdía en la noche. El