El impacto de su espalda contra el asfalto le arrancó el aliento y casi hizo que intentara doblarse sobre sí mismo. Sin embargo, Alec apenas tuvo tiempo de jadear cuando el licántropo cayó sobre él, encajonándolo entre el suelo sucio del callejón y su propio peso.
Las paredes de ladrillo viejo, húmedas por la lluvia, devolvieron el eco de un gruñido bajo y animal cuando le mostró los dientes.
La bestia alzó una garra, y las luces de neón de una tienda cercana parpadearon, bañando con luz interm