Cuando el automóvil se detuvo, Kaelrya observó la construcción por el cristal. Se percató de que era diferente a la que había llegado cuando rastreaba al bastardo de su madre.
Tras unos segundos de silencio, frunció el ceño.
—¿Es necesario ordenarte hasta la más simple de las tareas?
El hombre dio un respingón y la miró por el retrovisor, temblando, aunque ella ni siquiera lo observaba. Bajó del vehículo a trompicones y, entre sollozos, llegó a la puerta del pasajero. Apenas podía mantenerse en