Serethia se miró en el espejo de cuerpo completo, concentrándose en el reflejo que le devolvía la superficie la superficie pulida.
Era ella, lo sabía; reconocía cada rasgo y línea de su rostro. Y aun así, sentía que se encontraba frente a una extraña.
Sus ojos seguían siendo violetas, pero el cabello color azabache que caía en una trenza sobre su hombro —y dejaba algunas ondas sueltas que enmarcaban su rostro—, le resultaba ajeno; era tan diferente al plateado con el que la diosa Luna la había b