Los árboles se mecían de forma lenta siguiendo el compás del viento. A veces, las ramas contiguas se cerraban tanto que impedían que la luz que reflejaba la luna se filtrara entre ellas.
El sonido del bosque era tranquilo, ambientado de forma suave por el canto lejano de algunos grillos y el susurro del viento al rozar las hojas y troncos. Todo parecía moverse en calma, hasta que el graznido seco quebró la quietud y la hizo estremecerse.
Como si el sonido hubiese sido una orden, el chirriar de