A Alec la sangre no solo le salía por la boca; le bloqueaba la entrada de aire por la nariz. Cada intentó de inhalar era inútil, interrumpido por un brote de líquido tibio que lo ahogaba.
Intentó incorporarse —queriendo arquearse—, pero volvió a caer sobre el colchón mientras la presión en el pecho iba en aumento. Desesperado, trató de girar la cabeza y expulsar aquello que lo estaba sofocando, pero sus músculos no respondieron.
—¡Ayúdame!
Escuchó voces, sin llegar a comprender lo que decían, y