Un grito, seguido de un graznido, se oyó cuando más sangre cayó sobre el rostro de Serethia, salpicando el pasto y cubriendo su verdor. Kaelvar se irguió un poco, cubriéndose la mitad de la cara, y aflojó el agarre hasta soltarla.
El cuchillo incrustado en su ojo izquierdo no le dejaría daños permanentes por su regeneración, pero eso no lo hacía menos doloroso.
Aprovechando su descuido, Serethia dobló la rodilla y la metió entre ambos. Después, de forma rápida lo atrajo con fuerza por el cuello