Kaira miró las rocas afiladas, mientras sus parpados caían en contra de su voluntad; solo el goteo constante de su propia sangre la obligaba a mantener los ojos abiertos cuando estos estaban a punto de cerrarse. Sentía su conciencia en vaivén y que, en cualquier momento, se desmayaría.
Había logrado deshacerse de la otra guerrera, aunque a un alto costo. Había resultado gravemente herida, y su cuerpo estaba tan desecho que su regeneración ya no podía curar ni siquiera las lesiones más superfic