Kaira dio un paso hacia adelante y empujó la puerta, abriéndose paso a la nubla de deseo dentro de la habitación. Un escalofrió le recorrió la espalda cuando esta cedió, impulsado por la euforia de la anticipación. Kaelvar ya estaba en su último día de celo, pero las feromonas aún eran tan intensas que le hicieron temblar las piernas.
Había tenido que esperar hasta ese día para verlo, debido a la fragilidad de su propio cuerpo por los venenos que había estado consumiendo; pero no le importaba.