El silencio continuó extendiéndose, y Kaelvar ni siquiera dudó en si debía responderle. Sin embargo, no fue necesario, con la mirada le dijo todo lo que necesitaba; sus ojos la observaban como si estuviera aburrido, como si considerara que no merecía obtener una contestación porque no era digna de ella, ni de su atención.
—Me uso… —continuó Kaira, sintiendo que le faltaba el aire, pero no se detuvo—, como si fuera un objeto que se puede descartar.
El Alfa la miró con una calma perturbadora, co