El cuerpo sana más rápido que el alma.
Eso es lo que aprendí en las noches posteriores a mi caída.
La herida en el muslo ya no ardía como un castigo divino. La fiebre bajó, las vendas se secaron, y las marcas moradas se fueron difuminando con el paso de los días.
Pero dentro de mí, algo seguía inflamado.
No era dolor físico.
Era otra cosa.
Como un hueco… pero con forma. Como si alguien hubiera sacado algo de mí con las manos desnudas.
Después de que Aiden me rescató —una palabra que odio más de