La visión de Lucian se había quebrado.
El sendero tembló bajo sus pies.
Y Lucian entendió que lo peor aún no había llegado.
Fue expulsado del espejo como si una fuerza invisible lo hubiera arrancado de raíz. Cayó de rodillas sobre las piedras de ónix, jadeando, con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera escapar de él. Luvian rodó a su lado, gruñendo, con el pelaje erizado y los ojos brillando de furia.
—¡Ese monstruo! —chilló el cachorro, su voz infantil quebrándose—. ¡Ese monstruo ma