Las sombras del territorio enemigo eran más densas que la noche. El aire olía a humedad, a sangre seca, a muerte antigua. El lugar era una amalgama retorcida de ruinas y poder olvidado. Las criaturas que allí habitaban: vampiros, lobos renegados, espectros silentes, se movían con desprecio ante la nueva prisionera: una humana, embarazada y marcada como luna.
Isabel caminaba encadenada, con las muñecas cortadas por los grilletes rústicos y oxidados. Su vientre sobresalía bajo la túnica sucia que