El bosque se extendía como una sombra sin fin, devorando el paso de los días con su aliento húmedo y su espesura impenetrable. Las hojas crujían bajo sus botas, los árboles parecían susurrar secretos antiguos que solo los muertos comprendían. Ares, Henrry y Lucía avanzaban sin tregua, como sombras atrapadas entre la niebla y la rabia.
Cada segundo sin Isabel era una daga hundida sin piedad en el corazón del alfa. Su lobo, al borde de la locura, aullaba con furia contenida, deseando desgarrar to