La luna llena se alzó en lo alto, como un testigo plateado y silente del momento más esperado por la manada Luna Llena. Su luz bañaba el círculo ceremonial, tiñendo los rostros con un brillo sereno, casi irreal. El silencio era reverencial, ni siquiera el viento se atrevía a interrumpir.
Todo parecía contenido en un suspiro sagrado. Las antorchas titilaban como estrellas bajas, y las flores de luna, que solo florecían una vez al año, rodeaban el altar natural donde Ares e Isabel se encontraban