El viento fresco recorrió los campos altos de la manada Luna Llena mientras Isabel caminaba junto a algunas de las mujeres más ancianas. Iba erguida, con la cabeza alta, los hombros rectos, el vientre creciendo orgulloso bajo su vestido ajustado, los cabellos mecidos por la brisa como si el mismísimo firmamento quisiera posar sobre ella.
Ya no era la prisionera que había sido, ni la víctima, ni siquiera la fugitiva. Era la Luna y, sin embargo, las miradas de algunas eran cuchillos afilados disf