Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl Alfa me llamó antes del desayuno.
No pregunté por qué.
Ya empezaba a saberlo.
Entré en su despacho y cerré la puerta.
Él no me ofreció asiento.
—Ayer te vi con Nick.
Mi cuerpo se tensó.
—Me ayudó con un cesto.
—Sé lo que hizo.
—Yo no se lo pedí.
—Siempre tienes una explicación.
Bajé la mirada.
—No volverá a pasar.
Hubo un silencio.
—No te acercarás al Rey.
Levanté la cabeza.
La orden fue tan directa que tardé un instante en entenderla.
—¿Qué?
—No hablarás con él a solas. No entrarás en sus habitaciones. No servirás su mesa si no es imprescindible. Si te llama, buscarás a otra persona.
Algo extraño se movió dentro de mí.
No exactamente rebeldía.
Todavía no.
—Pero si él me habla...
—Te retiras.
—Es el Rey.
El Alfa apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Y yo soy tu Alfa.
La respuesta cayó como una puerta cerrándose.
—Sí.
—No quiero rumores.
Pensé en Elya.
En cómo me había mirado.
—Yo no he hecho nada.
—No hace falta hacer nada para provocar rumores.
Sus ojos recorrieron mi rostro.
—Hay mujeres que deberían entender qué atención pueden permitirse.
El golpe llegó limpio.
—Entiendo.
—No estoy seguro.
Se acercó.
—Nick regresará a Sol del Oeste cuando termine sus asuntos. Tiene obligaciones, alianzas y mujeres adecuadas para su posición.
Me obligué a no reaccionar.
—Sí.
—Tú seguirás aquí.
Otra vez aquella frase.
No como una posibilidad.
Como una certeza.
—¿Por qué?
El Alfa se quedó inmóvil.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
No había querido preguntarlo.
—¿Qué has dicho?
—Por qué dices siempre que seguiré aquí.
Sus ojos se estrecharon.
—Porque este es tu hogar.
—Pero...
—No hay pero.
Su voz se endureció.
—No vuelvas a hacerme esa pregunta.
Bajé la cabeza.
—Sí, Alfa.
—Y aléjate de Nick.
Caminé hacia la puerta.
—Serafine.
Me detuve.
—Si descubro que has ignorado esta orden, las consecuencias serán distintas a las de ayer.
Sentí frío en los brazos.
—Entendido.
Abrí.
Al otro lado del corredor alguien se movió.
Elya.
Estaba junto a una ventana.
Demasiado cerca de la puerta.
Nuestros ojos se encontraron.
Su expresión fue inocente durante una fracción de segundo.
Después sonrió.
Había escuchado.
No sabía cuánto.
Pasé junto a ella.
—Qué cara —murmuró.
Seguí andando.
—¿Te han reñido?
No respondí.
Elya empezó a caminar a mi lado.
—Tiene que ser por Nick.
Mis pasos se frenaron.
Error.
Su sonrisa creció.
—Así que sí.
—Déjame.
—¿Qué te ha dicho?
Continué.
—Nada que te importe.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
Elya se quedó atrás.
Yo también me sorprendí.
Giré ligeramente.
Ya no sonreía.
—Cuidado, Serafine.
Me obligué a seguir.
No sabía qué había sido más peligroso.
Haberle respondido.
O que ella hubiese escuchado que el Alfa quería mantenerme lejos de Nick.
Llegué al patio.
Nick estaba allí con Kael.
Me vio casi inmediatamente.
Su expresión cambió.
Levantó una mano para llamarme.
Mi cuerpo quiso detenerse.
Recordé la voz del Alfa.
No hablarás con él.
No te acercarás.
Te retiras.
Bajé la cabeza y cambié de dirección.
No había avanzado ni diez pasos cuando escuché:
—Serafine.
Seguí caminando.
—Serafine.
Esta vez su voz fue más firme.
Me detuve.
No me giré.
Detrás de mí escuché pasos.
Nick se acercaba.
Y desde la galería superior, Elya observaba todo.







