No bajé a cenar.
Nadie vino a buscarme.
Lo agradecí.
La noche cayó despacio sobre Colmillo Plateado.
Desde mi habitación escuchaba pasos sobre la escalera.
Voces.
Una puerta cerrándose.
La vida de la residencia continuaba.
Como siempre.
Yo estaba sentada en el suelo con la espalda contra la cama.
La jofaina de agua seguía sobre el pequeño mueble.
La luna entraba por la ventana.
Una franja pálida sobre la piedra.
Me había lavado la cara tres veces.
Los ojos seguían hinchados.
La culpa no se lava