Mundo ficciónIniciar sesiónConseguí evitar a Nick durante casi todo el día.
No sabía que estaba intentándolo hasta que me descubrí cambiando de corredor cuando escuchaba voces masculinas.
Ridículo.
Él no me había hecho nada.
Precisamente ese era el problema.
No sabía qué hacer con alguien que no me hacía nada.
Al caer la tarde llevé un cesto de ropa limpia al ala donde se alojaban los visitantes.
Dejé el primero.
Volví por el segundo.
Cuando regresé, Nick estaba junto a una ventana.
Solo.
Me detuve.
Él me vio.
—Empiezo a pensar que huyes de mí.
—No.
Una esquina de su boca se movió.
—Eso ha sonado muy convincente.
Seguí andando.
—Tengo trabajo.
—Siempre tienes trabajo.
—Sí.
—¿Por qué?
La pregunta me hizo mirarlo.
—Porque trabajo aquí.
—Eso ya lo sé.
Se acercó al cesto.
—Déjame ayudarte.
Casi me reí.
No porque fuera gracioso.
Porque era absurdo.
—No puedes llevar eso.
Nick bajó la mirada al cesto.
—He llevado cosas más pesadas.
—No me refiero a eso.
Él entendió.
—Porque soy Rey.
Asentí.
—Y tú eres...
Se calló.
Esperé.
—¿Qué eres exactamente aquí?
No supe responder.
Sirvienta.
Huérfana.
Carga.
Protegida.
Ninguna parecía correcta.
—Serafine.
—Eso es tu nombre.
—Es suficiente.
Nick me sostuvo la mirada.
—Ayer te pregunté por tu apellido.
Sentí tensión en los hombros.
—No tengo.
—Lo sé.
—Entonces...
—Quiero saber por qué.
Miré el cesto.
—Me encontraron en las puertas.
Su voz perdió el tono ligero.
—¿Quién?
—Los guardias.
—No. ¿Quién te dejó?
Negué.
—No se sabe.
Nick permaneció callado.
Aquello me incomodó más que una pregunta.
—Era un bebé.
—¿Cuánto?
—No lo sé. Muy pequeña.
—¿Había algo contigo?
Mi corazón dio un pequeño golpe.
—Una manta.
Era lo que siempre me habían contado.
No sabía nada más.
—¿Nada que pudiera identificarte?
—No.
Nick frunció el ceño.
—¿Nunca investigaron?
La pregunta me sorprendió.
—¿Investigar qué?
—De dónde venías.
—No había forma.
—¿Estás segura?
No lo estaba.
Nunca me había planteado que alguien pudiera haber buscado.
—El Alfa me permitió quedarme.
Nick me observó.
—Hablas de eso como si te hubiera hecho un favor que todavía tienes que pagar.
Me quedé quieta.
La frase se parecía demasiado a la verdad.
—Me salvó.
—Eras un bebé.
—Precisamente.
—Serafine.
Su voz fue suave.
Levanté los ojos.
—Un bebé no contrae una deuda porque alguien no lo deja morir.
No respiré.
Nadie me había dicho algo semejante.
Nunca.
—No sabes cómo funcionan las cosas aquí.
—Puede ser.
—La manada me alimentó.
—Porque eras una niña.
—Me dio una cama.
—Porque eras una niña.
Mi garganta se cerró.
—No lo entiendes.
Nick dio un paso.
No demasiado.
Lo suficiente para que notara su calor.
—Entonces explícamelo.
No podía.
Porque explicar significaba escuchar las palabras fuera de mi cabeza.
—No importa.
—A mí sí.
Aquello me dolió de una forma extraña.
—¿Por qué?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Nick pareció sorprendido.
Solo un momento.
Después sus ojos bajaron hacia mi boca.
Otra vez.
Más lentamente que la anterior.
Cuando volvió a mirarme, algo había cambiado.
—No lo sé.
La respuesta era demasiado sincera.
Sentí un cosquilleo bajo la piel.
Nick levantó una mano.
Pensé que iba a tocarme.
No lo hizo.
Sus dedos se cerraron alrededor del asa del cesto.
—Déjame llevarlo.
—No deberías.
—Serafine.
Su expresión tenía algo cercano a la diversión.
—Si alguien pregunta, diremos que el Rey Alfa sobrevivió.
No pude evitarlo.
Sonreí.
Solo un poco.
Nick se quedó completamente quieto.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Qué?
Él negó.
—Nada.
Pero no era nada.
Lo supe por cómo me miró.
Cogió el cesto.
—¿Dónde?
Señalé la puerta.
Caminó a mi lado.
Por primera vez en muchos años, alguien llevaba una carga que se suponía que debía llevar yo.
Y lo peor fue descubrir cuánto me gustaba.
cía todo lo que yo era.







