La madrugada estalló con un viento rugiente que agitó las lonas del campamento como un ejército invisible. Los hombres lobo de Volkov, aún sacudidos por la ceremonia de nombres que se celebrara la noche anterior, emergieron de sus tiendas con el pulso firme y el corazón latiendo con un extraño compás: ansiedad por la próxima confrontación y un deseo profundo de aferrarse a lo que habían construido entre sí. En ese claro teñido de niebla y salvia, la manada se acomodó en semicírculo ante Kaeli y