La bruma matinal aún colgaba entre los pinos cuando Kaeli se levantó. La capa de tierra y sangre se había secado sobre su túnica, pero su corazón —aún latiendo con la fuerza de la batalla— pedía un refugio que el bosque no ofrecía. Con pasos inseguros, caminó hasta el bordillo del claro donde Daryan había regresado a forma humana.
—¿Dormiste algo? —susurró él, acercándose desde las sombras de un abedul.
Kaeli negó con un suave movimiento de cabeza.
—No… No lograba conciliar el sueño. Sentía que