Sin decir más, comienzo a desabrochar lentamente los botones del saco, mis dedos rozando suavemente su piel. Ella se estremece ante mi toque, pero no aparta la mirada. Una vez que cayó al suelo, deslizo con cuidado la falda por sus caderas, la cual se colocó en el auto dejando que se deslice hasta sus pies.
Contengo la respiración al verla frente a mí, vulnerable y confiada. Con delicadeza, la ayudo a entrar en la tina, acompañándola. El agua tibia parece relajar sus músculos tensos. Tomo una e