Capítulo 9. El arte de la obediencia
La casa estaba en silencio. El reloj del pasillo marcaba la medianoche con su tic-tac monótono, un sonido que antes me tranquilizaba, pero que ahora se sentía como un anuncio del tiempo que se me escapaba.
Sabía que debía dormir, que mañana tendría clases temprano, pero mi mente solo podía pensar en él. En sus manos, en su voz, en la forma en que me miraba.
Mi cuerpo aún recordaba cada una de sus caricias y besos. Era un fantasma que no quería dejarme en paz.
Me levanté de la cama sin hacer rui