Capítulo 86. El lenguaje de la piel
Atrás quedaron los días de cielos grises, el olor a hospital y la sensación de que alguien acechaba tras cada sombra.
Aquí, en Villa Speranza, el único sonido que rompía el silencio del amanecer era el canto de los pájaros y, muy de vez en cuando, el llanto vital de Luis pidiendo su biberón.
Pero esa mañana, el silencio era diferente. Era un silencio cargado de electricidad, de esa tensión sexual que Alejandro y yo habíamos cultivado como el mejor de nuestros viñedos.
Me giré lentamente entre l