La mañana siguiente se sintió… normal. Demasiado normal.
La luz del sol entraba por las persianas en suaves y uniformes líneas. La casa estaba en silencio, con ese silencio controlado y predecible de siempre. En algún lugar de la planta baja, se cerró un armario. La cafetera se encendió.
Como si nada hubiera cambiado. Excepto que todo había cambiado.
Me vestí más despacio de lo habitual. Sin prisas, sin motivo para estar en ningún sitio, y sin motivo para encontrarme con nadie.
Elegí uno de mis