Liam no contestó. Ni esa mañana, ni por la tarde, ni siquiera cuando el cielo se tiñó de fríos tonos grises fuera de la ventana de mi habitación.
Su silencio me oprimió la piel todo el día. Intenté distraerme. Dibujaba, escuchaba música y limpiaba pinceles que no necesitaban limpieza.
Pero nada funcionó. Porque cada pocos minutos, revisaba el teléfono como una tonta.
¿Y lo peor? Entendía por qué. Eso era lo que lo hacía insoportable. Porque no me ignoraba por crueldad.
Lo hacía porque, en algún