El hielo siempre había sido sencillo. Esa era la clave. Pisabas, te concentrabas y ejecutabas.
No había ruido, ni distracciones, ni complicaciones, hasta ahora.
—¡Carter! —La voz del entrenador resonó en la pista. Era aguda y precisa. Giré tarde.
El disco se me escapó del palo. Fue limpio, fácil, y fallido.
Un silbato sonó fuerte y definitivo.
—Otra vez —dijo el entrenador. No discutí, no reaccioné, simplemente volví a empezar.
Porque eso era lo que hacía. Eso era lo que siempre había hecho. Pe