Un aullido se extendió como eco, largo y profundo, capaz de erizar hasta el último rincón de mi piel.
Otro aullido se sumó a ese. De repente, un coro de voces lobunas llenaba cada espacio del extraño bosque erigido ante mí.
Allí todo brillaba con un aura propia. Los árboles se mecían despacio, y de algún modo sentía su follaje como una caricia en mi piel. Respiraban. Las nubes se movían lentas, cargadas de un resplandor interior. Incluso la bruma parecía estar viva, ondulando alrededor de criaturas gigantescas.
Tenían forma de lobos erguidos, mitad bestias, mitad hombres, envueltos por energías que los distinguían unos de otros: llamas anaranjadas danzaban alrededor de algunos, otros se rodeaban de ráfagas blancas y grises como ciclones, otros más cargaban aguas azul profundo que se desbordaban como ríos vivos, mientras que un grupo irradiaba raíces y hojas verdes que parecían brotar de sus cuerpos.
Definitivamente, yo no pertenecía a ese sitio, aunque tampoco podía escapar. No entendía cómo había llegado ahí ni qué hacía flotando en medio de semejante reunión. Mi cuerpo no estaba presente: yo era apenas un soplo, un testigo atrapado en algo mucho más grande.
Los lobos discutían. Sus voces eran profundas, hablaban un idioma primitivo, más antiguo que la humanidad. Y, sin embargo, yo los comprendía. Cada palabra se grababa en mi mente con la nitidez de un recuerdo propio. Era una asamblea, un concilio… y no sobre cualquier cosa.
Un lobo blanco, tan pálido como la nieve, dio un paso al frente. Su pelaje, suave y frondoso, irradiaba pureza. Su aura resplandecía como un vendaval contenido. Pero lo que me heló fueron sus ojos: plateados, brillantes y extrañamente familiares.
—Padre —habló, dirigiéndose a un lobo gris que lo miraba con la misma severidad, aunque con más años en su mirada acerada—. La encontré.
Un murmullo recorrió el círculo, denso y agitado, como si el viento mismo cargara con ese asombro.
El blanco prosiguió con voz solemne:
—Es ella la responsable de los extraños fenómenos climáticos en San Antonio. La princesa elemental… La heredera del equilibrio vive.
El silencio cayó como un manto pesado. Ningún aullido, ningún crujir de ramas. Solo la expectación contenida en los ojos brillantes de todos los que allí se encontraban y el crepitar del gran fuego en medio de ese concilio.
Un lobo marrón, envuelto en un aura verde que desprendía aroma a bosque húmedo, se irguió de pronto y rugió con furia:
—¡Imposible! Esa estirpe se extinguió hace quince años.
El murmullo volvió a crecer entre aquellos que compartían su misma aura. Otro lobo avanzó entre la multitud. Su pelaje era negro azulado y sus ojos recordaban al cielo antes de una tormenta. Su aura celeste ondulaba como un río embravecido, y aunque su cuerpo era igual de robusto, había en él una suavidad distinta. Su voz grave tenía un matiz femenino, firme, pero al mismo tiempo, triste.
—En Santa Lúa no quedaron sobrevivientes —dijo, y alzó la mano sobre un charco dejado por alguna lluvia pasada. El agua comenzó a agitarse y, en su superficie, imágenes tan familiares como aterradoras se reflejaron: ruinas devoradas por la tierra, casas hundiéndose bajo raíces y fuego, gritos apagados.
El charco tembló y las visiones se disolvieron, dejando solo su reflejo oscuro y muchas cabezas gachas. Los lobos lucían afligidos por la pérdida.
—El agua guarda un recuerdo doloroso —sentenció la loba.
—He visto el símbolo del equilibrio con mis propios ojos —añadió el lobo blanco con firmeza.
El círculo se agitó. Voces solapándose entre esperanza, incredulidad y negaciones. El aire vibraba con tensión, tanto que podía sentirlo en mí, como si la marca grabada en mi piel respondiera a cada palabra.
Entonces, desde otro extremo, surgió un rugido. Profundo. Orgulloso. Desafiante.
Un lobo rojo, imponente, avanzó con paso pesado. Su pelaje ardía con llamas danzantes, y su aura incandescente lo envolvía como un sol viviente.
—Si existe una impostora —dijo con voz que hacía temblar el suelo—, yo mismo me encargaré de ella. —Sus colmillos brillaron cuando añadió con desdén—: Pero si es la princesa… lo justo es que me pertenezca.
El grupo de lobos detrás de él, rodeados de fuegos semejantes, aullaron en aprobación.
Mientras que aquellos que respaldaban al blanco gruñeron.
—El Este ya demostró su incompetencia para proteger el equilibrio —prosiguió con arrogancia—. Es hora de que esa unión quede en el pasado.
El lobo blanco caminó al centro del círculo y lo enfrentó; sus ojos plateados relampaguearon y el aura tronó como una tormenta a punto de estallar.
—Jamás —gruñó—. Ella no te pertenece. Ni a ti, ni a nadie.
Las fuerzas se desataron en un segundo. Viento, fuego y rayos se enfrentaron en un choque invisible, levantando chispas que me cegaron por algunos segundos.
Hasta que un golpe seco los interrumpió.
Un anciano lobo, de pelaje marrón grisáceo y aura tan equilibrada que parecía contener a todas las demás, se irguió desde un trono rocoso. En sus manos, un bastón de madera antigua. Lo alzó y lo hundió en la tierra con fuerza dos veces.
El suelo tembló con cada golpe. Un estruendo recorrió todo el bosque. Los árboles crujieron; los aullidos se apagaron al instante.
—Basta —ordenó. Su voz helaba la sangre—. Si de verdad existe esa heredera, la reconoceré yo mismo.
Nadie se atrevió a replicar. El aire entero se quedó suspendido, expectante.
—El concilio queda levantado hasta la siguiente Luna Llena —concluyó.
Uno a uno, los lobos comenzaron a desvanecerse en brumas de energía, como si el bosque los absorbiera de regreso.
Sin embargo, antes de marcharse, el lobo rojo giró la cabeza. Sus ojos como carbones encendidos se fijaron en el blanco, y una sonrisa cruel cruzó su hocico.
—Esta vez —susurró con fiereza—, Ailén será mía.
El aire vibró con esas palabras. Mi marca en la nuca ardió como fuego líquido, arrancándome un grito que me devolvió de golpe a la realidad.
Abrí los ojos jadeando. El sudor me empapaba. El palpitar en mi nuca seguía el ritmo desbocado de mi corazón.
Afuera, la lluvia caía con furia, como si el cielo entero hubiera decidido derrumbarse sobre la tierra.
Yo solo quería entender… de verdad, ¿fue un sueño o acaso una visión de mi destino?