Las llantas de mi bici se arruinaron, y mi ropa era un completo caos de agua, mucho lodo y sangre en las rodillas. A pesar de eso, me costaba no mirarlo, aunque por momentos su imagen parecía mezclarse con la niebla. ¿Realmente estaba allí o acaso me golpeé la cabeza con una roca mientras caía?
Todo alrededor seguía tan gris y nuboso como su ropa. La humedad del aire llenaba mis pulmones, pero ni una sola gota de lluvia se había deslizado por mi piel, otra vez.
La bruma en esos misteriosos ojos que me contemplaban desapareció, pero sus iris seguían brillando como la plata. Nunca vi una mirada similar.
—Tú… tú… ¿Fuiste tú? —balbuceé. Quise abofetearme por esa idiotez. ¡Nadie controla el clima! Eran solo tonterías de mi abuela.
"La verdad se descubre cuando dejas de huir."
Esas palabras me estremecieron. «¿Realmente habló?», me pregunté, nerviosa. «¡Sus labios ni se movieron!». Sin duda, me golpeé la cabeza, pero algo era seguro: no podía dejar de mirarlo… quizás ni siquiera quería. Había algo en él… en esa mirada que…
—¡Ailén, aquí estás!
Ximena gritó y ese extraño trance se rompió. El hombre misterioso desapareció con la neblina en un parpadeo. Observé a mi mejor amiga, confundida y curiosa: usaba un impermeable amarillo mientras me ayudaba a levantar. En ese instante, noté lo cerca que me encontraba de su casa.
—¿Lo viste? —murmuré, aferrada a los hombros de Ximena al caminar.
Ella negó en silencio.
—¿A quién?
«¡¿Cómo era posible?!», me pregunté con los ojos demasiado abiertos. Ella me veía como a una desquiciada… y ni modo. Dejé de insistir. Aunque, quizás, sí lo imaginé. Después de todo, el hombre se veía como uno de esos ídolos que ella adoraba. Si de verdad hubiera estado allí, seguro me ignoraba para ofrecerle la sombrilla a él.
—Olvídalo. Creo que alucino.
Apenas entramos a su casa, Xime se encargó de curarme las heridas y, claro, de echarme una letanía de regaños por la imprudencia de salir en bicicleta con semejante tormenta. Bueno, San Antonio era un lugar hermoso y mágico, donde convergían la modernidad de una urbe —hacia la zona central— con lo tradicional de un pueblo montañés en los suburbios. Bosque, río, laguna… el sitio ideal para vagar en bici o a pie… excepto cuando llueve. Y eso era algo que cada uno de los pobladores tenía más que claro.
Sin embargo, no pensaba en absolutamente nada cuando salí. Solo quería desaparecer del mundo que se hacía trizas bajo mis pies.
La imagen del sobre polvoriento atravesó mi mente. Recordé el documento: certificado de adopción, y de nuevo, fue imposible contener el llanto.
—¡Ay, nena, ¿qué pasa?! ¿A quién le pego?!
La abracé muy fuerte. Ella me correspondió, sin importarle que la convertía en una muñeca de barro. Entre sus fuertes brazos, su calor se encargó de calmar mi tormento interior… hasta quedarme sin lágrimas.
Ximena me buscó una vieja pijama suya que ya no le quedaba, aunque seguía siendo grande para mí. Mi amiga era mucho más alta y corpulenta que yo, pero tampoco podía quedarme desnuda después del baño.
Nos sentamos sobre el felpudo rosa de su recámara. Mientras trenzaba mi cabello, le conté el descubrimiento que me partía en dos.
—¿Quién soy? ¿Por qué me mintieron? —le dije al final.
Ella suspiró.
—Oye, creo que debes preguntarle a tu mamá —respondió con voz suave.
Mi corazón se estrujó.
—¿Cuál? ¿La que no me quiso o la que siempre me mintió?
Un escalofrío me recorrió la espalda. Juraría haber oído su voz… pero no era posible, ¿verdad?
—¿Qué tal la que te amó desde el primer día y siempre intentó protegerte? —repitió.
Volteé lentamente.
Y ahí estaba.
De pie en el umbral.
Guardó silencio y se arrodilló frente a mí. Su cabello corto lo usaba rojo desde hacía muchos años. Recordé lo que dijo cuando lo tiñó por primera vez: “Lo quiero igual que mi persona favorita”… yo.
Una lágrima se me escapó. Sus ojos también brillaron mucho, contenían la culpa, tristeza… dolor. A pesar de que el mundo se rompía, esa cálida y amorosa mirada que siempre me regalaba en mis peores días, otra vez se convertía en bálsamo para mi alma.
—Bueno, yo las dejo para que hablen —anunció Ximena antes de salir.
La puerta se cerró tras la salida de Xime y ese sonido pareció activar a mi mamá.
—Lamento no contarte antes —dijo en voz baja, pero firme; sus ojos temblaban; aun así, no dejó de contemplar los míos. Tragué saliva con dificultad.
Mamá extendió la mano y, con cuidado, retiró uno de los mechones que me cubrían la mejilla. Mi barbilla tembló.
Entonces ella bajó la mirada. Se frotó las manos sobre las piernas como si no supiera qué hacer con ellas. O la culpa.
—Sé que debería habértelo contado antes —dijo, al fin—. Pero no supe cuándo era el momento correcto… y después… no sabía si querías saberlo.
Tragué saliva, un nudo enorme se me atoró en la garganta.
—¿Quién soy, mamá?
Ella suspiró. Metió la mano en su cartera. Por un instante, temí que sacara el sobre… pero no. Fue algo más. Una carpeta marrón, vieja, gastada por los años. La apoyó sobre sus piernas y la abrió con cuidado.
—Esto lo teníamos guardado para ti desde hace mucho… Nunca parecía el momento adecuado para mostrarte.
Había varios recortes de periódico. El primero tenía la foto en blanco y negro de una niña muy pequeña, envuelta en una manta, llorando sobre el barro. Había gente con trajes protectores alrededor, y lo que parecía ser un helicóptero en el fondo. Mi corazón latió con fuerza.
—¿Soy yo?
—Sí —dijo con un hilo de voz—. Así te encontraron.
Pasó a mostrarme otro recorte de periódico amarillento. El titular aún era legible:
“Desastre sin explicación arrasa comunidad entera. Solo una sobreviviente”.
—Fue hace quince años. Una tormenta extraña cubrió la cima de la montaña. No era normal; el cielo cambió de color… incluso, la tierra tembló.
Me estremecí. El gesto en el rostro de mamá dolía.
—Niebla demasiado espesa envolvió la cima, pero aquí abajo teníamos nuestros propios problemas.
Otro recorte hablaba sobre el desbordamiento del río Santo y cada calle del pueblo parecía una quebrada. Tragué saliva. El estómago se me encogió.
—Nadie sabe qué ocurrió en realidad, pero… Santa Lúa, el pueblo completo… desapareció.
La palabra “desapareció” me heló los huesos. Mi corazón latió demasiado fuerte y, como un relámpago, una imagen llenó mi mente: la tierra se meció bajo mis pies, alguien jaló mi mano… “¡Cálmate!”, me dijo. La lluvia me empapaba…
Me abracé a mí misma porque incluso el frío erizó mi piel.
—Ailén…
—Mamá… —murmuré con la voz hecha cenizas—. ¿Acaso yo…? ¿Yo lo hice?
Ella me miró, atónita. Después negó con firmeza. Sus lágrimas le inundaron las mejillas.
—No, mi amor… —Me abrazó fuerte—. Cariño, tú eras solo una niña. No fue tu culpa. Fue un desastre natural… Nadie podría hacer eso.
Pero en lo más profundo, una idea se aferraba a mí como una espina:
¿Y si fui yo?