Fuego.
Las llamaradas se alzaban hacia el cielo, devorándolo todo: casas, árboles, sombras.
Gritos. Gritos por todas partes.
Niños, adultos, ancianos… todos gritaban.
Algunos rugían con rabia y la naturaleza se rebelaba con ellos; otros lloraban de puro terror. Era imposible distinguir quién sufría, quién atacaba… o quién se defendía.
El humo negro se mezclaba con la niebla, convirtiendo el aire en una masa densa y venenosa.
Mi garganta ardía como si el fuego naciera de allí. Tosí. Corrí sin rumbo. O eso creí. No lo sabía con certeza.
La tierra respondió con ira. Se meció desde los cimientos y comenzó a tragarse todo, como si una bestia dormida por siglos despertara hambrienta.
El cielo lloró cada vida.
En medio del caos y la confusión, aquellos ojos rasgados, brillantes como estrellas de plata, volvieron a materializarse.
El fuego aún ardía alrededor, pero un silencio denso e inquietante me envolvió.
Mi corazón quiso atravesarme el pecho.
—La verdad pertenece a quienes deciden buscarla. ¿Estás lista para saberla…?
Desperté sobresaltada, jadeando.
«¿Dónde estoy?».
La escasa luz que se colaba desde la ventana me hizo comprender que seguía en mi habitación. Suspiré, aliviada.
Aún sudaba como si el sol de mediodía se hubiera metido en mi alcoba a quemarme. Al mismo tiempo, temblaba como si mi sábana estuviera hecha de nieve.
Jamás había soñado. Mucho menos algo así.
El corazón retumbaba como un tambor. Los gritos todavía resonaban como un eco distante. Me tapé los oídos con las manos. No funcionó.
Entonces escuché otra cosa: lluvia.
Abrí los ojos.
No era una tormenta. No había truenos ni viento. Solo lluvia… el cielo lloraba en silencio.
Las gotas dibujaban hilos largos y delgados en la ventana.
Y entonces, cuando comenzaba a recobrar un poco de calma, lo vi.
Una figura. Allí, tras el vidrio. Observándome.
Los mismos ojos. Plateados. Brillantes. Inquietantes.
Fijos en mí.
Me estremecí. Corrí hacia la ventana, la abrí de golpe y saqué la cabeza.
Había desaparecido.
Temblé. Por primera vez, sentí vértigo. El suelo parecía demasiado lejano.
Sacudí la cabeza y regresé adentro.
Mi habitación estaba en el segundo piso. Nadie podía estar allí afuera. Nadie.
Cerré los ojos y respiré hondo varias veces, intentando calmarme.
Pero la imagen de esa mirada se negó a abandonar mi mente.
♡⁀➷♡
El lunes, tras las revelaciones del fin de semana y la pésima noche de sueño, comencé a arreglarme con el ánimo por el piso. Mi reflejo ojeroso en el espejo me obligó a suspirar. Necesitaría mucho maquillaje para dejar de verme como vampiro en abstinencia.
Bajé a la cocina y desayuné apenas un yogur con cereal; mi estómago seguía revuelto. La preocupación bailó en los ojos de mis padres, pero me despedí, apresurada.
Estaba de vacaciones en la universidad, pero la galería era otro cuento. Xime y yo trabajábamos juntas, por eso tomábamos el mismo autobús hacia el ajetreo citadino. Le conté sobre la espantosa pesadilla y el extraño asiático de ojos plateados que veía desde la tormenta.
—Ai, dime una cosa… —preguntó con cautela—. ¿Casualmente se parece a Hyunjin?
Le lancé una mala mirada. Ella sonrió.
—¡¿Qué?! Ay, él es lindo.
—¿Sí ves que estoy perdiendo la cabeza y tú solo piensas en tus chinos?
—Coreanos, más respeto.
Volví a suspirar y me llevé una mano a la nuca. Xime la jaló fuerte.
—¡No te rasques, será peor!
Ladeé la cabeza, confundida. Ella asintió y continuó:
—Me distraje con lo de tu bajoneada, pero mientras te trenzaba, vi tu marca de nacimiento muy hinchada y enrojecida. ¿Tienes alguna alergia?
Negué en silencio. Ella sacó los polvos compactos de nuestros bolsos. Un espejo lo colocó detrás de mí y el otro adelante. Abrí los ojos, sorprendida.
Tenía razón: esa mancha acanelada que me marcaba desde siempre lucía diferente. Ya no era tan amorfa. Distinguía unas ondas horizontales que parecían mezclarse con un espiral… y algo más que no alcancé a comprender.
—¿Crees que necesite un doctor?
Me observó en silencio un rato, luego hizo un puchero y continuó con voz dramática y exagerada.
—¡Corre, Ai, debes hacerlo cuanto antes, podría ser cáncer!
La muy tonta me mostró su celular, donde G****e lo decía bien grande. Rodé los ojos. Fue inevitable reír el resto del trayecto hasta llegar a la galería Albor.
Era un lugar minimalista, ubicado en una zona bohemia de la ciudad. Fotografías y pinturas de jóvenes promesas u otros con un poco más de renombre se alojaban en sus paredes blancas. Las luces cálidas y el jazz suave de fondo aportaban al lugar una atmósfera acogedora. No solía ser un empleo muy movido; la mayor parte del tiempo lo pasábamos entre chismes y marketing en línea.
A mitad de la mañana arreglé con cuidado mi pantalón negro y blusa blanca suelta para dar una apariencia profesional al cliente que acababa de entrar. Me gustaba mi trabajo: tenía la oportunidad de practicar una parte de los conocimientos adquiridos en mi carrera de artes.
Acariciaba con la mirada la pintura, dejando que mis dedos se movieran apenas en el aire, como si quisiera seguir las líneas que la componían.
—Esta pieza se enmarca dentro del expresionismo abstracto —expliqué, con una media sonrisa—. Fíjese cómo las formas surgen sin un plan previo, casi como si el lienzo capturara un impulso.
Me incliné un poco hacia la obra; el rojo me invadía la vista y el pecho.
—La intensidad de ese rojo no es solo color —añadí; luego continué con más fuerza—: es un estallido emocional, un lenguaje que se siente más de lo que se entiende.
—Es pasión… es fuego.
La voz no era la de mi cliente. Era más profunda, grave, como un golpe suave en el pecho. Giré, y entonces lo vi.
Estaba de pie, demasiado cerca, como si siempre hubiera estado allí y yo apenas pudiera notarlo. Alto, imponente, vestido con un traje negro impecable y sin corbata. Los botones superiores de su camisa abiertos revelaban un destello de piel cálida. Se pasó una mano, cargada de anillos —ninguno matrimonial— por ese cabello rojo y revuelto, como brasas agitadas por el viento.
Sus ojos… dorados, intensos, me miraban con una mezcla de interés y desafío. Tenía la sonrisa traviesa de un hombre que sabe que interrumpe, y que no le importa en absoluto.
—Disculpe, hablaba usted con tal pasión que me emocioné —añadió con una de esas sonrisas tan galantes como las de un actor hollywoodense. Tuve que voltearme hacia la obra para disimular el maldito ardor de mis mejillas.
—Bueno, señor, podría esperar su turno o ir con otra asistente —refutó mi cliente, un poco incómodo. Le concedí la razón.
El hombre elevó los brazos, despreocupado, en señal de rendición, y con esa encantadora actitud se giró para explorar el otro lado de la galería.
Me concentré en mi trabajo, aunque algo me obligaba a observar más allá, hacia ese lugar donde el pelirrojo misterioso miraba alrededor como si el sitio le resultara… curioso.
Cuando terminé con el cliente, mientras Laila procesaba el pago, le pregunté a Ximena entre señas por qué no atendió al otro. ¿Y cuál fue mi sorpresa? Descubrir que me quería a mí. Todos los tonos de rojo subieron a mi cara. Ella rio bajito y me empujó.
Luego de respirar un momento, me acerqué al sitio. Él me recibió con una pregunta:
—¿Y este? ¿Inspirado en Ernst o solo quiere parecerlo?
Parpadeé, incrédula. En realidad, no muchos clientes parecían saber sobre arte; la mayoría eran buscadores de tesoros ocultos que pudieran multiplicar su valor en alguna subasta. Otros simplemente querían una obra “bonita” para su salón. Sonreí antes de responder:
—Diría que más en Max Beckmann. Aunque se nota que quiere ser Ernst, le falta esa agresividad elegante.
El sujeto me devolvió una sonrisa torcida.
—Vaya. No esperaba una respuesta tan rápida… ni tan precisa.
Arqueé una ceja, sorprendida. «¿Por quién me toma? ¿Una niñita que no sabe?».
—No esperaba que alguien hiciera esa pregunta.
—Entonces, estamos sorprendidos los dos.
Una risita se me escapó. Continuamos el recorrido por la galería. Me costaba no demostrar mi pasión al hablarle de cada pieza. ¿Y él? Ese tipo contraatacaba con referencias inteligentes. Me llenaba de curiosidad. Por la mañana creí que sería el peor de los días, pero ese cliente lo había amenizado demasiado. Jamás había hablado sobre esos temas, durante tanto tiempo, con alguien ajeno a la universidad.
Cuando llegamos a la última obra, sentí un retorcijón dentro de mí, como si… ¿Lo extrañará? ¡Ni siquiera se había ido! Además, ¡¡¡era un simple cliente!!!
—Estupendo, quiero todo.
—¿Todo? —pregunté, pestañeando de incredulidad.
—Sí. Las diez piezas. Me encantaron. Mándelas a esta dirección. —Sacó una tarjeta negra con un diseño moderno y futurista. La tomé y miré el logotipo dorado: “Drakov”.
Nos dirigimos al módulo a finiquitar el papeleo, todavía sumergidos en la plática. En cuanto todo estuvo listo, se incorporó con una calma estudiada y nos regaló a las tres una sonrisa tan impecable que parecía ensayada… aunque juraría que era real. Dio un paso hacia la salida, y el aire pareció impregnarse más de ese perfume cálido, amaderado, con un toque especiado que me obligó a inspirar más de la cuenta.
—Ah, sí, señorita Ailén… —llamó desde la puerta. Me giré y lo encontré ajustándose unos lentes oscuros que le daban la presencia de un protagonista de cine. No pierda esa tarjeta. Tiene mi número personal.
Lo dijo con una sonrisa ladeada, como si fuera un secreto compartido solo entre nosotros; luego cruzó la compuerta de cristal. La luz de la calle lo envolvió, encendiendo su cabello como brasas al sol. Antes de que abordara la camioneta negra y lujosa que lo esperaba, inclinó apenas la cabeza en un gesto elegante que terminó de sellar su huida… y nuestra perdición.
Las tres quedamos congeladas, siguiendo con la vista la estela invisible que dejó tras de sí ese vehículo. Ximena reaccionó primero:
—¡Venga! —me arrancó la tarjeta y corrió hacia la computadora.
—Oye, ¡espera!
No me prestó atención; ya buscaba en G****e: Kael Drakov. Abrió mucho los ojos y, poco a poco, también la boca, hasta formar una perfecta O. Con ese gesto recordaba a El grito de Edvard Munch, por eso reí… hasta que me mostró la pantalla.
«Kael Drakov – CEO de Drakov Industries. Forbes 30 under 30. Multinacional de tecnología energética, especializada en desarrollo sustentable, IA e innovación en combustibles limpios».
—Espera… —intervino Laila, la encargada de facturación y cobranza—. ¿Me estás diciendo que ese pelirrojo con mirada de dragón sexy es el tipo que está desarrollando reactores solares flotantes?
—No solo eso, mi estimada —añadió Xime—. También compró todo de la galería y quiere con nuestra AI.
Ambas rieron, pero yo tomé aire varias veces. Miraba de la tarjeta reposada, sobre el mostrador, hacia la pantalla, incrédula.
—¿Qué carajos acaba de pasar?